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Apreciaciones Críticas

Para que podamos vivir

Para que podamos vivir

TEA Tenerife Espacio de las Artes

Por David González Arjona / Abril 2026


Para que podamos vivir. La Laguna, 1968-1983 se articula como una operación de desmontaje a la idea nostálgica sobre una ciudad histórica. Su propuesta consiste en romper la visión petrificada de La Laguna como enclave patrimonial y devolverle su condición de espacio vivo, atravesado por conflictos políticos, expansión urbana, agitación cultural, sociabilidad juvenil y fricción generacional. Comisariada por el equipo de TEA junto a Juan Albarrán, Daniasa Curbelo y Servando Rocha, la muestra toma como arco cronológico los años comprendidos entre 1968 y 1983, dos fechas que funcionan como marcas simbólicas de apertura y clausura de un ciclo histórico. En ese marco, la frase “La Laguna debe morir para que nosotros podamos vivir”es la verdadera clave de lectura del recorrido, con la que se busca desactivar una imagen heredada para hacer visible otra, la de una ciudad periférica, conflictiva, internacional y culturalmente intensa, clave en el panorama nacional e internacional durante el marco cronológico establecido.

Uno de los mayores aciertos de la exposición reside en que no arranca desde un localismo, sino que sitúa La Laguna y Canarias dentro de un marco geopolítico global. La conflictividad obrera, la descolonización africana, el panafricanismo, el MPAIAC junto a la figura de Cubillo, la independencia de Guinea Ecuatorial, o el eco del Festival de Argel desplazan desde el inicio cualquier tentación de leer el caso lagunero como parte de un anecdotario insular. En este sentido, 1968, culturalmente asociado a las revueltas estudiantiles, no comparece solo como fecha mítica de la historia europea, sino como un umbral más vasto de transformaciones políticas, imaginarias y culturales que reverberan también en el contexto canario. El diálogo entre textos, mapas, imágenes satelitales y referencias históricas refuerza esa voluntad de inscribir la ciudad en un marco más ancho, de modo que la exposición gana espesor alejándose del costumbrismo entendiendo lo local como parte de un entramado internacional de sucesos.

Pastino, Nuevo mapa de Canarias, 1971, mapa satírico / ilustración impresa, Sansofé: revista de Canarias, Archivo de la Transición Democrática en Canarias, Universidad de La Laguna, fotografía de David González Arjona.

De este panorama internacional pasamos al núcleo urbano, estrechando el círculo con el paso de la exposición a núcleos más acotados. A partir de ahí, la muestra desplaza la atención desde el centro histórico hacia las periferias, los barrios y los procesos de expansión urbana, y es precisamente en ese movimiento donde se formula una de sus tesis más contundentes, La Laguna no entendida como el centro histórico, sino dándole importancia a la periferia. La Laguna deja de aparecer como la postal patrimonial de la ciudad monumental para convertirse en una ciudad desbordada por el desarrollismo, la presión demográfica, la vivienda, la planificación, los márgenes y las asociaciones vecinales. Barrios y núcleos como Bajamar, San Benito, El Ortigal, Montaña del Aire, La Verdellada, La Cuesta o Guamasa no son apéndices secundarios del casco, sino lugares donde se decide qué es una ciudad y quien la habita, quién la vive y quién la produce. La exposición hace visible que el valor urbano también está en las infraestructuras, en la conflictividad social, en los bordes y en las formas cotidianas de organización colectiva. Siendo un espacio bastante más documental qué pictórico-plástico, obras, documentos, fotografías, planos y materiales diversos permiten articular esa idea de una ciudad en disputa, donde la amenaza patrimonial, las ampliaciones urbanas o la intervención arquitectónica son síntomas de una transformación más profunda.

Ese desplazamiento desde el centro hacia los márgenes encuentra un correlato claro en el modo en que la exposición entiende la cultura. Frente a una lectura restringida a nombres propios o a objetos artísticos autónomos, la muestra propone un ecosistema de relaciones en el que la modernización cultural de La Laguna se da gracias a una red densa de lugares, revistas, cines, clubs, espacios formativos, crítica y circulación intelectual. El Ateneo, el Orfeón, la Universidad de La Laguna, el Paraninfo, la Escuela de Actores y un largo etcétera, son infraestructuras decisivas de una vida cultural que no puede reducirse a la historia de unas pocas figuras consagradas. En ese tejido, la pregunta por “lo canario”, los cruces entre arte, pedagogía, política, sociabilidad y como Canarias formaba parte de esas relecturas de la historia, como la segunda ola feminista o las teorías decoloniales, son claves para volver a situar a Canarias en ese marco internacional. La convivencia entre espacios más institucionales y otros ligados al ocio juvenil, permiten entender que la transformación cultural de la ciudad fue inseparable de una transformación de sus modos de reunión. Resulta de interés que la exposición no reserve la producción a los espacios nobles de la cultura, sino que incorpore también ámbitos como el Yumbo o el Club A Go-Go, porque son partes indivisibles de una época, son las zonas informales de deseo, de encuentro y de disidencia donde de verdad se configura la cultura.

La visión que se le da a la Transición, busca desmontar el mito y lo enfoca desde una visión de un tiempo de antagonismos. La exposición acierta al mostrar la crisis de una determinada idea de ciudad como inseparable de una crisis de legitimidad política, moral y simbólica. El bloque que articula a través de la desacralización del patrimonio, conflicto con la sacralidad católica y el estallido punk, además de volver a situar a La Laguna en un marco global con citas al MPAIAC, a la Marcha Verde, al S.E.A.T.O o a la redacción de la Constitución. La secuencia que enlaza gestos iconoclastas, episodios de tensión en torno a lo religioso, obras que violentan o reinterpretan imaginarios sacros y la irrupción de Escorbuto Crónico configura una auténtica línea de fuerza del recorrido. El punk aparece como forma condensada de antagonismo, como síntoma de un rechazo generacional a la ciudad heredada y como vehículo de una violencia simbólica contra lo patrimonial. La Laguna se convierte en objeto de combate.

Escorbuto Crónico, La Laguna debe morir para que nosotros vivamos, 1983, cartel / reproducción gráfica, Colección Jonathan Delgado / Los 80 Pasan Factura, fotografía de David González Arjona.

La sala Conca, funciona como culminación de ese ecosistema artístico e intelectual que la exposición ha venido desplegando. Se subraya la importancia histórica de Conca como núcleo de renovación artística en el archipiélago, al separarla de los otros espacios artísticos, es resaltar su importancia y quizás seguir mitificando su historia. A pesar de esto, la exposición no se limita a ensalzar la Conca como centro de producción de prácticas artísticas única sino que la ubica como parte del relato, pero una parte esencial y siendo la parte final del recorrido. El cierre en 1983, vinculado a la redefinición de las políticas autonómicas, al agotamiento de determinadas energías colectivas, y a la clausura de la Sala Conca ese mismo año demuestra el final de un ciclo.

La exposición destaca por la riqueza de su archivo, por la amplitud de su noción de cultura y por su capacidad para pensar la ciudad como campo de disputa más que como decorado monumental, esa ambición no siempre encuentra una traducción museográfica a la misma altura. Una exposición tan densa y rica en cuanto a materiales se refiere, requiere de ciertas comodidades para ser apreciada y leída correctamente. Estos detalles afectan directamente al modo en que el visitante puede construir las conexiones propuestas. A ello se suma la persistencia del cubo blanco que no termina de acompañar del todo un proyecto que, en teoría, quiere pensar la ciudad, el conflicto y el documento desde una lógica menos neutralizada.

El proyecto se propone revisar los relatos ya consolidados y desmitificar una generación que, durante décadas, ha sido narrada casi exclusivamente a través de nombres masculinos. Frente a muestras anteriores como Desde los 70: artistas canarios (CAAM, Gran Canaria, 1995), Renovación y utopía. Colección CAAM (San Martín Centro de Cultura Contemporánea, Gran Canaria, 2017) o la más reciente exposición homenaje Sala Conca (Bibli, Tenerife, 2021), esta exposición amplía el campo de lectura al incorporar figuras que, desde hacía más de treinta años, habían quedado desplazadas del circuito museístico. En este sentido, reúne obras de artistas ya reconocidas, como Pepa Izquierdo, Maribel Nazco, Lola Massieu, María Belén Morales, María Jesús Pérez Vilar o Lola del Castillo, al tiempo que recupera trayectorias menos visibilizadas, como las de Elena Lecuona, Loly Íñiguez, Mari Carmen del Toro, Clotilde Acosta, Arminda del Castillo o Dácil de la Rosa. La operación resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta que muchas de estas artistas pasaron de no aparecer en las exposiciones anteriores a ocupar una presencia cercana a la quincena. Con todo, la labor de recuperación no queda cerrada, aún permanece pendiente la incorporación de otras artistas que también expusieron en la Sala Conca durante aquellos años, como Birgitta Bergh Lillieström con sus joyas, Lourdes Crespo que al igual que Pepa Izquierdo o Lola del Castillo recibió una exposición individual en la Sala Conca, Eve Maria Zimmermann, Isabela Palau, Alicia Martín o Ana Quintero.

Con todo, Para que podamos vivir. La Laguna, 1968-1983 logra pensar una ciudad como una trama de antagonismos, periferias, imaginarios, redes culturales y tensiones políticas y no como un concepto patrimonial petrificado. La exposición insiste en que bajo la imagen histórica de La Laguna persistieron formas de modernización conflictiva, deseo de transformación, violencia simbólica y experimentación social y artística. Ahí reside su mayor virtud. La muestra devuelve a la ciudad aquello que su versión monumental había tendido a borrar, su condición de espacio conflictivo y disidente.