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Apreciaciones Críticas

Cándido Camacho. Ritos del deseo

Cándido Camacho. Ritos del deseo

Por Aitana Marcos Vidal / Mayo 2026

¿Qué más puede escribir uno sobre el famoso Cándido cuando las cucas cubren su obra deliberada y deseosamente? ¿Cómo se enfrenta uno a lo extraordinario, a las llanuras, a la sinvergonzonería y a la ruptura de cualquier norma? ¿Cómo no podría deleitarse el espectador con los colores, el brillo, el organismo y un contour digno del gran y máximo reconocido italiano? A finales de los noventa, el artista Alfonso Crujera1 comentaba “Desde hace muchos años vengo diciendo que los pintores somos como los pintores trogloditas, entre medios muy poderosos, como la televisión y el vídeo, las imágenes inmóviles como las de la pintura, lo tienen difícil porque la gente ha perdido la costumbre de mirar cuadros” y, sin quitarle mérito a esta observación tan acertada y acentuada, precisamente hacia la atención de la sociedad del siglo XXI, debo decir que Camacho se convierte en la excepción que confirma la regla. Resulta difícil evitarlo, negarle la mirada e ignorarlo. A veces, resulta casi igual de difícil que entenderlo, pero aún así, su obra es capaz de remover algo en aquel que abre su mirada a los escarabajos, las texturas o el movimiento que invade el lienzo -a veces incluso el marco-, de su obra.

La abyección -como bien introduce el texto curatorial-, la disidencia, incluso lo rechazado, lo tabú, definen los bocetos de cualquier análisis hacia Camacho. Desde la incomprensión, la pregunta podría ser quién elegiría poner esto aquí, quién tomaría estas decisiones conscientemente. Sin embargo, no hace falta más que leer sus textos para dejar que la comprensión se sitúe en lo percibido, en la mirada.

Podríamos incluso hablar de su comparación con los últimos mencionados, en gran sintonía con la propia metamorfosis del artista y la simbiosis que lo habita desde el arte. Coexisten entonces dos facetas: lo natural (la cera, la lava) y lo artificial (el plástico, el látex); lo tradicional (del contour, del óleo) y lo contemporáneo (su experimentación con el marco, con los materiales), el deseo (del desnudo, de la sexualidad) y la repulsión (de los insectos, de las formas inacabadas). Estas, antónimas pero complementarias en su obra, entablan un discurso desde lo más profundo de Tazacorte hasta lo más obsceno del ecosistema cultural.Es así que, hipnotizados por sus suaves formas, sus amables colores, y la lucha de la razón sobre lo abstracto -incluso cuando la razón se deja absorber por la abstracción-, resultará un artista difícil de olvidar. Ritos del deseo se presenta como toda una encrucijada para la malcriada atención del siglo XXI, peor de la que advertía Crujera, pero aún así, atrapada por el pintor palmero. La particular muestra del autor permite que, incluso ante la mirada más distraída, podamos encontrar en cada visita, en cada pieza, nuevas razones y nuevos detalles por los que volver a estudiar sus cuadros. Así es que, a pesar de no mostrarnos ante una enorme pantalla, Camacho consigue que la sociedad vuelva a quedarse prendada ante un cuadro.

1 Para La Provincia el 8 de mayo de 1998 en un reportaje para Mariano de Santa Ana.